jueves, 26 de marzo de 2020

Oficio de tinieblas


25 de marzo de 2020

Al principio era la palabra.

Y la palabra iluminaba las tinieblas y daba forma al caos y al vacío y aleteaba sobre las aguas. Los cinceles labraban las inscripciones en la piedra, los juncos rascaban los papiros y los amanuenses iluminaban los pergaminos. La palabra esplendía y confería contorno a todo lo disforme. Pero aconteció que un día la palabra descendió a los abismos y las tinieblas recuperaron las anchas latitudes.

Se esperaba que en tres días el orto hiciera su entrada triunfal de arco sobre los vastos pliegos en blanco. Mas sin embargo diez años transitaron en los que el caos volvió a domeñar la tierra. Todo quedó desdibujado porque no hubo falanges que trazaran los rasgos del lenguaje sobre superficie alguna. La palabra había quedado sepulta. El mundo se redujo a las constreñidas periferias de la esfera terrestre y sus súcubos marinos. Los navegantes y los peregrinos, sempiternos buscadores de los territorios inhollados, perdieron entre la oscuridad los derroteros de sus mapas.

Entre las brumas solamente se percibía la llama trémula de los quince cirios del tenebrario. Escalonados en forma de triángulo, su luz agitaba las sombras que danzaban en torno de los perfiles de las cosas. Todo sucumbió al claroscuro amorfo que devoró por dos lustros todo cuanto habitaba la superficie. La visión se hizo turbia y solo se oía el revoloteo de las alas de los murciélagos magullándose contra las rocas de las cavernas. La realidad se tornó irreal. Las cavidades craneales se abotargaron y se hizo difícil discernir el sentido de la vida con acuidad. Y sin la palabra, ese fanal de pescador nocturno con el que se avistan los pecios hundidos que reposan en los fondos abisales del espíritu, no volvió a distinguirse desde la superficie de las aguas la silueta borrosa de los camarotes revestidos de légamo en los que se alojan los misterios y las inveteradas incógnitas que le dan coherencia a la existencia. Y la vida careció de sintaxis que ordenara los trozos de adobe polisémicos de las íntimas ciudades derruidas.

En la ceremonia del oficio de tinieblas retumbaron en notas gregorianas las lamentaciones de voces guturales que clamaban por un nuevo advenimiento de la palabra. En las teclas del órgano se escucharon los lóbregos acordes del Miserere que hendieron las profundidades de las almas en pena. Uno a uno los cirios del tenebrario fueron siendo apagados. Solo quedó encendido el velón enhiesto en el vértice superior del triángulo, que simboliza la esperanza perentoria de la resurrección. Su pabilo vacilante otorga a la estancia una irradiación mortecina, en torno a la cual se mueven las sombras a la espera de que, al cabo de diez años, la palabra resucite de las falanges apergaminadas y macilentas.

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