7 de enero de 2012
He tardado exactamente un año y medio en volver a poner
mis tristes falanges sobre el tablero de escritura. Tal como corresponde a mi
trotada vida, han venido a embestir contra este segmento de tiempo arriscado
diferentes olas de disociados ímpetus y hechuras, de humedades disímiles que
han pretendido cada una anular con sus caprichosas crestas y su fauna distintiva
las características de la anterior. El concepto de continuidad es ajeno al
glosario que conforma mi vida, probablemente un defecto genético en la hechura
de mi destino. En este año y medio mis pies se han cansado sobre el pavimento
de Tokio, he vuelto a sentirme parte de Chicago como se siente uno partícipe de
la sustancia del amado, he hecho mía una habitación propia y azul en medio de
un bosque, he dormido acompañada de las cenizas de una amiga entrañable como
tantas veces lo hicimos juntas cuando ella respiraba, y como estela trazada por
la popa de su muerte he descubierto un territorio insondable dentro de mí que
nada y que todo tiene que ver con el mundo interior que ya había atisbado a
través de la literatura, ese ejercicio mediúmnico que descubre rutas del
Himalaya en tus simas más inescrutables. Y he caído presa de la conjura de
todos mis monstruos, que me han emboscado con ardimiento haciéndome desplomar
en una trampa honda y lóbrega por ellos cavada, en la que, aturdida por el
golpe, he sido yo a ratos y a ratos ha sido la ansiedad y a otros el desasosiego
traqueteante y ahogado y desquiciante que describen los que han mirado de
frente los ojos de la locura.
Este
año y medio de falanges abatidas por el polvo no ha sido otra cosa que un fragmento
más en la colcha de patchwork que
constituye la trama de mi vida. Retales cada cual único en sí mismo en color y
forma bordados de manera abigarrada los unos a los otros. Su resultado, el intrincado
manto extendido sobre mi regazo, es el sumario de mi peregrinaje vital, las
etapas y los caminos y los tropiezos, todos trozos asimétricos y discordantes
unidos entre sí por medio de innúmeras costuras, sin sucesión de continuidad,
sin relación un módulo con el siguiente.
Un engendro barroco he dicho antes que es mi vida. Un remedo de las
gárgolas que habitan las esquinas de las catedrales, acechando, desquiciadas.
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