miércoles, 25 de marzo de 2020

Barroca II

7 de enero de 2012

He tardado exactamente un año y medio en volver a poner mis tristes falanges sobre el tablero de escritura. Tal como corresponde a mi trotada vida, han venido a embestir contra este segmento de tiempo arriscado diferentes olas de disociados ímpetus y hechuras, de humedades disímiles que han pretendido cada una anular con sus caprichosas crestas y su fauna distintiva las características de la anterior. El concepto de continuidad es ajeno al glosario que conforma mi vida, probablemente un defecto genético en la hechura de mi destino. En este año y medio mis pies se han cansado sobre el pavimento de Tokio, he vuelto a sentirme parte de Chicago como se siente uno partícipe de la sustancia del amado, he hecho mía una habitación propia y azul en medio de un bosque, he dormido acompañada de las cenizas de una amiga entrañable como tantas veces lo hicimos juntas cuando ella respiraba, y como estela trazada por la popa de su muerte he descubierto un territorio insondable dentro de mí que nada y que todo tiene que ver con el mundo interior que ya había atisbado a través de la literatura, ese ejercicio mediúmnico que descubre rutas del Himalaya en tus simas más inescrutables. Y he caído presa de la conjura de todos mis monstruos, que me han emboscado con ardimiento haciéndome desplomar en una trampa honda y lóbrega por ellos cavada, en la que, aturdida por el golpe, he sido yo a ratos y a ratos ha sido la ansiedad y a otros el desasosiego traqueteante y ahogado y desquiciante que describen los que han mirado de frente los ojos de la locura. 
      Este año y medio de falanges abatidas por el polvo no ha sido otra cosa que un fragmento más en la colcha de patchwork que constituye la trama de mi vida. Retales cada cual único en sí mismo en color y forma bordados de manera abigarrada los unos a los otros. Su resultado, el intrincado manto extendido sobre mi regazo, es el sumario de mi peregrinaje vital, las etapas y los caminos y los tropiezos, todos trozos asimétricos y discordantes unidos entre sí por medio de innúmeras costuras, sin sucesión de continuidad, sin relación un módulo con el siguiente.  Un engendro barroco he dicho antes que es mi vida. Un remedo de las gárgolas que habitan las esquinas de las catedrales, acechando, desquiciadas.

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