25 de marzo de 2020
Al
principio era la palabra.
Y
la palabra iluminaba las tinieblas y daba forma al caos y al vacío y aleteaba
sobre las aguas. Los cinceles labraban las inscripciones en la piedra, los
juncos rascaban los papiros y los amanuenses iluminaban los pergaminos. La
palabra esplendía y confería contorno a todo lo disforme. Pero aconteció que un
día la palabra descendió a los abismos y las tinieblas recuperaron las anchas
latitudes.
Se esperaba que en tres días el orto hiciera su entrada triunfal de arco sobre los vastos pliegos en blanco. Mas sin embargo diez años transitaron en los que el caos volvió a domeñar la tierra. Todo quedó
desdibujado porque no hubo falanges que trazaran los rasgos del lenguaje sobre
superficie alguna. La palabra había quedado sepulta. El mundo se redujo a las
constreñidas periferias de la esfera terrestre y sus súcubos marinos. Los navegantes
y los peregrinos, sempiternos buscadores de los territorios inhollados, perdieron entre la oscuridad los derroteros de sus
mapas.
Entre
las brumas solamente se percibía la llama trémula de los quince cirios del
tenebrario. Escalonados en forma de triángulo, su luz agitaba las sombras que danzaban
en torno de los perfiles de las cosas. Todo sucumbió al claroscuro amorfo que
devoró por dos lustros todo cuanto habitaba la superficie. La visión se hizo
turbia y solo se oía el revoloteo de las alas de los murciélagos magullándose
contra las rocas de las cavernas. La realidad se tornó irreal. Las cavidades craneales
se abotargaron y se hizo difícil discernir el sentido de la vida con acuidad. Y
sin la palabra, ese fanal de pescador nocturno con el que se avistan los pecios
hundidos que reposan en los fondos abisales del espíritu, no volvió a distinguirse
desde la superficie de las aguas la silueta borrosa de los camarotes revestidos
de légamo en los que se alojan los misterios y las inveteradas incógnitas que
le dan coherencia a la existencia. Y la vida careció de sintaxis que ordenara los
trozos de adobe polisémicos de las íntimas ciudades derruidas.
En
la ceremonia del oficio de tinieblas retumbaron en notas gregorianas las
lamentaciones de voces guturales que clamaban por un nuevo advenimiento de la
palabra. En las teclas del órgano se escucharon los lóbregos acordes del Miserere
que hendieron las profundidades de las almas en pena. Uno a uno los cirios del
tenebrario fueron siendo apagados. Solo quedó encendido el velón enhiesto en el
vértice superior del triángulo, que simboliza la esperanza perentoria de la
resurrección. Su pabilo vacilante otorga a la estancia una irradiación
mortecina, en torno a la cual se mueven las sombras a la espera de que, al cabo
de diez años, la palabra resucite de las falanges apergaminadas y macilentas.