20 de julio de 2010
A journey of a thousand miles
begins with a single step.
Un virus me ha devuelto a la soledad después de mes y medio de compañía. Forzada, porque toda compañía es una imposición. En compañía de otros mi ser interior se esconde, se repliega a los resquicios del alma. Imposible ser en presencia de otros. Bajar hacia las catacumbas de donde brotan como un manantial y donde se preservan como en los sótanos oscuros de los museos tus grandes verdades identitarias solo puede hacerse cuando otros no miran el girar de la contraseña en la rueda de la puerta de alta seguridad. Los demás creen conocerte, y te ponen un espejo para que te reconozcas en él, compuesto por la concepción que tienen de ti. Yo me miro en esos espejos y sonrío para mis adentros: cuántos creen que me conocen y no tienen, sin embargo, la más remota idea de quién soy en realidad. La imagen que se pasea por las calles de la vida no guarda relación alguna con mi autenticidad. Las imágenes nos ayudan a proteger nuestra gran verdad, la legítima razón de nuestra existencia. Hoy he enfermado: bendito salvoconducto a la soledad. Bienvenida, tristeza luminosa.
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