22 de julio de 2010
Hoy han tenido la gentileza de traerme comida a casa. Se han quedado a varios pasos del umbral, temerosos del contagio, me han entregado el paquete y se han ido. Sentí en ese momento, no sin que la culpa me royera en rigurosa concomitancia, que la gripe era un campo magnético, como el de Sue, que me protegía de cualquier intromisión del espacio externo a mi cúpula invisible. La sensación fue de tal alivio que me pregunto, ¿qué tal una peste benévola, una lepra no degenerativa que nos distanciase de los demás? ¿No vendría a ser la solución mágica al problema de la socialización impositiva que implica nuestra presencia sobre el planeta? Ser o no ser. Nadie puede optar por no ser mientras le palpite determinado músculo por dentro; mientras lo haga vive la persona, es decir, vive la calavera y el contenido: el mundo que habita dentro de sí. Todos somos (cuando menos) dos universos concéntricos; el que habitamos por fuera y el que albergamos por dentro, el que nos habita. Pero ese mundo interior no puede pasar del estado de potencia al de acto sin que se extienda varias millas a tu derredor una tierra de nadie, a no-man’s land; en cuanto alguien la reclame, ponga pie en ella, tu ser se repliega como los morivivíes del parque Mirador en los días de mi infancia. Pasar del estado moriviví al estado de plena existencia: he aquí la cuestión, el gran quid de nuestro paso por la tierra; ser completos con nuestro interior en pleno desarrollo, o ser a medias, tan sólo la superficie, el continente sin el contenido: un ser deshabitado. Ser o no ser, soledad o compañía: he aquí la cuestión entre el Big Bang y la nada.
Hoy han tenido la gentileza de traerme comida a casa. Se han quedado a varios pasos del umbral, temerosos del contagio, me han entregado el paquete y se han ido. Sentí en ese momento, no sin que la culpa me royera en rigurosa concomitancia, que la gripe era un campo magnético, como el de Sue, que me protegía de cualquier intromisión del espacio externo a mi cúpula invisible. La sensación fue de tal alivio que me pregunto, ¿qué tal una peste benévola, una lepra no degenerativa que nos distanciase de los demás? ¿No vendría a ser la solución mágica al problema de la socialización impositiva que implica nuestra presencia sobre el planeta? Ser o no ser. Nadie puede optar por no ser mientras le palpite determinado músculo por dentro; mientras lo haga vive la persona, es decir, vive la calavera y el contenido: el mundo que habita dentro de sí. Todos somos (cuando menos) dos universos concéntricos; el que habitamos por fuera y el que albergamos por dentro, el que nos habita. Pero ese mundo interior no puede pasar del estado de potencia al de acto sin que se extienda varias millas a tu derredor una tierra de nadie, a no-man’s land; en cuanto alguien la reclame, ponga pie en ella, tu ser se repliega como los morivivíes del parque Mirador en los días de mi infancia. Pasar del estado moriviví al estado de plena existencia: he aquí la cuestión, el gran quid de nuestro paso por la tierra; ser completos con nuestro interior en pleno desarrollo, o ser a medias, tan sólo la superficie, el continente sin el contenido: un ser deshabitado. Ser o no ser, soledad o compañía: he aquí la cuestión entre el Big Bang y la nada.
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