sábado, 12 de noviembre de 2011

Barroca

23 de julio de 2010

        A medida que vamos viviendo, nuestra existencia va hilando silenciosamente un lienzo. El lienzo de la vida de los demás se me antoja en la mayoría de los casos un paño inconsútil, una extensión armoniosa y monocromática sin costuras ni tropiezos, una sola pieza coherente, idéntica a sí misma en cada una de sus partes. Al observarlos vivir, percibo un sutil sonido de fondo, un ir conformándose el tejido, palmo a palmo, asegurando con cada golpe del telar la formación de un patrón que será comprendido cuando, avanzado el lienzo, se aprecie en su totalidad y se descubra en cada una de sus partes una sinergia última, una configuración de contornos que se dibujan confiriendo un significado completo a sí misma: you look at it and you think to yourself, “this is the way it was meant to be”.
Sin embargo, hace tiempo que, al pasar balance de la bronca andadura de mi vida, hallo que en cada caída del caballo, en cada tropezón, en las variadas posadas que me han albergado, en cada ocasión ¡ay, tantas! que he equivocado el camino, la hechura del cañamazo de mi telar vital se ha trocado, conjuntamente con los colores de los hilos, el patrón del diseño, las dimensiones de los remates, la textura del acabado. Me detengo frente al telar a examinar sobre mi regazo la porción de mi lienzo ya hilada, y me percato, afligida, que lejos de ser un producto uniforme y equilibrado, se trata de una factura heteróclita, abigarrada: en suma, una colcha de patchwork, perdón, de almazuela. Esta revelación, que he asumido con amargor, me ha atribulado por largo tiempo. Se me hace que cada etapa de mi vida carece de una relación de conexión con las demás, muchas incluso guardan entre ellas una asociación próxima al oxímoron. He empezado mil veces y he caído mil otras. Una fase me ha llevado por un camino; la siguiente, en lugar de contribuir con la continuación de la anterior, cambia bruscamente de ruta y de fin; con harta frecuencia, incluso la desanda. Aquello en lo que hoy me empeño nada tiene que ver con mi empeño de ayer; constituye más bien su desempeño. No hay linealidad de progreso, sino quebraduras geométricas trazadas a trompicones. Se entiende que una sociedad, para avanzar, no puede empezar de nuevo con cada generación; debe existir una memoria histórica que garantice la continuidad en el aprendizaje a través de cada vástago. ¿Qué ocurre entonces cuando se genera un nuevo génesis con cada alumbramiento? Un eterno retorno, múltiples realidades empezadas y abandonadas, cada una con su propia esencia y apariencia. Cuando así ocurre no hay un fin definitivo; no existe una teleología que garantice la continuación de cada parte en un movimiento coherente hacia un propósito común que confiera un sentido específico a su existencia.
Así pues, al apreciar la vida de los demás se me aparece una línea recta, cada segmento subsiguiente coherente con el sentido intrínseco del anterior. En contraposición, el trazo de mi vida solo presenta coherencia en la alteración de cada salto y cada caída; constituye un fárrago atropellado e inconexo de formas siempre nuevas que presentan un perfil único solo semejante a su reflejo en el espejo, cada una dueña de su propia perfección con un sentido cerrado en sí mismo. Me he pasado la vida enlazando con la aguja retales disímiles al modo que las abuelitas americanas perpetúan con cada puntada la antigua tradición del patchwork. La vida de los demás es hija del clasicismo, la mía es un engendro bastardo del barroco. El monstruo del averno de doña Loló.


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